Llevo varios días sin tocar mi preciado diario. Creo que esta locura nos hace alejarnos de nuestras necesidades espirituales relegándonos a lo estrictamente básico.
Hace dos días llegamos a Cúcuta después de sortear toda clase de contratiempos. El 30 de Diciembre se desató el caos en Caracas y eso fue incontrolable. Silueta me convenció de que no habría manera de sobrevivir a la implosión social que se nos venía encima... no tuvo más remedio que hacerle caso.
Aparentemente se regó la bola de que nuestro ex candidato opositor Rosales ahora estaría de embajador en Washington. Eso, aunado con un ataque incesante de bombardeos dispersos que se suponían sería para disminuir las filas del régimen, pero que resultó en una sanguinaria aniquilación de nuestras filas, hizo que el Gr. Nestor así como Oswaldo Alavarez, repensaran la idea de someter al que suponíamos escaso ejército Chavista.
Hasta la fecha, sabemos que el ejército Chavista se nutre de Asesinos a Sueldo enviados desde Cuba, Rusia, Colombia y Sur África. Son en su mayoría venezolanos comunistas adiestrados por Rusia y que deambularon por todo el globo. Ahora han vuelto y están haciendo una gran orgía de la guerra.
Recuerdo bien el mismo 30 de Diciembre cuando estábamos ya a la altura de
Avanzamos lentos y cautelosos por toda la plaza hasta tomar el edificio de Toyota. Hasta aquí la tarea fue fácil. El problema sobrevino cuando el capitán Avendaño dio órdenes de avanzar hasta la estación de metro de los Símbolos. Fue silueta (Andrea) quién se percató de que las estaciones “selladas” de metro estaban siendo usadas como transporte de soldados y armas! Por eso les era tan fácil movilizarse. Nadie se había percatado hasta ese momento. Ella lo notó porque vio a tres soldados salir de una portezuela en el piso, llevando con ellos lo que parecía un baúl y que el sargento Estrada reconoció como un misil RPG.
Los pudimos reducir sin problema, pero: ¿quién puede pensar que bajar al metro podía ser una buena idea? A que no adivinan...
El capitán pensó que podríamos avanzar mejor y más cómodos por el metro. Si ahí habían Charlies, probablemente no se habrían percatado de que ya sabíamos su treta. Efectivamente bajamos por una escalera larga, de unos
Los ahora tres sargentos nos lanzamos una moneda a ver quién lideraba el grupo. Conociendo mi suerte no me extrañó el resultado. Procedimos a montarnos el equipo ya que definitivamente íbamos a encontrar acción. Afortunadamente Daniel todavía conservaba un par de “ojos nocturnos” los cuales nos pusimos justamente él y yo quienes iríamos al frente del convoy. Avanzamos desde el cuarto de servicio a lo que parecía ser un depósito donde la puerta daba directamente a un corredor.
Estábamos justo en la estación de “ciudad universitaria”. Había luz en los corredores y poco movimiento. Encontramos que las cámaras de seguridad estaban activas. Definitivamente estos Charlies nos estaban jodiendo desde abajo.
En algún momento recuerdo que las tropas llegaron a tomar el metro pero hasta Chacao. Después de ahí y según los gurús de construcción, todo estaba trancado. Lo que nadie había reparado es que estos loquitos tenían tomadas todas las estaciones y accesos a estas: era un mundo subterráneo lleno de vida.
Daniel estaba renuente a avanzar. Definitivamente era una locura salir, en cambote, desde un cuartito a atacarles. Así que esperamos pacientemente y procuramos analizar nuestras opciones. Fue Francisco “el leches” quién se topó con que estábamos en un cuarto de municiones. Así que aprovechamos para agarrar todas las granadas de humo y fragmentarias que pudimos, armas, pistolas, magazines, etc. Realmente nos apertrechamos de lo lindo.
Creyéndonos invencibles, diseñamos una estrategia: saldríamos del cuarto en grupos de 4, 3 grupos. Uno iría a la derecha (el primero), el segundo a la izquierda y el último cubriría a los dos. Dicho y hecho. Salimos al pasillo presurosos con las armas apuntándole a las sombras. Avanzamos raudos Daniel, Francisco, Jesús y yo mientras del otro lado iba el Sargento Estrada con su equipo. Llegamos a una esquina y nos topamos con Charlies: era una sala de comunicaciones. Les atacamos sin piedad, pero el ruido de las balas alertó a todo el complejo.
Aseguramos el lugar pero tuvimos que salir corriendo a darle cobertura a nuestros compañeros: este era un pasillo sin salida. Estrada cayó primero, posteriormente Carlos y uno de los reemplazos. Maria Elena estaba debajo del marco de una puerta petrificada mientras las balas le rozaban sin cesar. El sargento Cárdenas intentó darles cobertura infructuosamente, mientras Falcón y Ramírez reventaban puertas para evitar el fuego, topándose con un par de soldados del régimen en plena “faena”. El pasillo fue todo un caos.
Mientras, más soldados llegaban a la entrada del pasillo pero parecían olvidar que nosotros, un buen grupo de nosotros seguía en el arsenal. Lanzamos de todo lo que teníamos sin ningún pudor. Los cuerpos de nuestros soldados se pulverizaban cada vez un poco más mientras el pasillo se iba ensanchando en la entrada producto de las detonaciones de granadas y RPG’s. Luego de transcurrido algo así como 15 min el fuego cesó súbitamente. El sargento Cárdenas en un acto de locura avanzó hasta donde estaba Maria Elena y la cargó para sacarla de ahí, mientras nosotros apuntábamos a la polvareda por si aparecían charlies.
Efectivamente, Maria Elena estaba herida en el tobillo, nada grave, pero en total estado de Shock. Sabíamos que debíamos salir de ahí, pero el capitán seguía en sus trece de avanzar. Como pudimos, mis muchachos y yo llegamos hasta el arsenal, totalmente cagados de que comenzara otra ronda de fuego justo cuando avanzábamos. Pasó no menos de 30 minutos hasta que el capitán ordenó que formásemos un grupo para investigar fuera del pasillo.
Esta vez fue el Capitán al frente junto con dos reemplazos. Tanta locura sólo podía ser comandada por él mismo. Al llegar a la boca del corredor no había nadie, ni sombras, ni humo: simplemente nada. Habrían recogido sus muertos y heridos, pero es que ni la sangre quedó como evidencia. Hicieron detonar el corredor principal dejándonos “atrapados”.
Como pudimos recogimos las cosas y salimos. Al salir y mientras hacía denostados esfuerzos por sacar los 30 Kilos de equipo que llevaba encima noté un destello al otro lado de la plaza, dentro de la ciudad universitaria. Los muy mal paridos estaban tomando posiciones. Con la misma les advertí a los demás que se quedaran adentro mientras Daniel, Francisco y yo alertábamos al grupo que estaba en el edificio Toyota. Y comenzó la lluvia de plomo.
Los charlies atacaron con mortero dos veces la boca en el piso, intentando dejar atrapados al grupo. Pero las balas contra ellos les hicieron apuntar al edificio, llegando a impactar hasta 14 veces la fachada que no daba más. Finalmente logramos reducirlo tras 4 magazines míos, 4 RPG’s dejándonos vacíos del arsenal que cargamos de botín. Como pudimos intentamos asegurar el perímetro (parecería un chiste, pero así lo hicimos) mientras el resto del grupo de ayudaba a salir de esa trampa a la que entramos.
Mientras sucedió este infierno arriba, el capitán aprovechó para analizar el cuarto de control que encontramos. Al parecer estaban estableciendo comunicaciones usando la red del metro. El teniente Rodriguez colocó un “sniffer” vía inalámbrico, pero durante el tiempo que demoró la lucha arriba, pensaron que nunca tendrían oportunidad de colocar el “Beacon” afuera para poder retransmitir. Cuando salieron, lo primero que hicieron fue colocar la antena de retransmisión en la cima de lo que quedó del edificio Toyota. El resto de la tarde fue abrumadoramente tranquilo pero ahí nada más. Mientras transcurría el tiempo, recibimos toda clase de llamados de auxilio por radio desde todas partes mientras el ejército del régimen aparecía como ratas desde las cloacas. Habían esperado que nos acercásemos lo suficiente para aparecer por la retaguardia y aniquilarnos.
A pesar de que murieron tres de nuestros compañeros, esas vidas sirvieron para salvar la del resto del grupo. Ellos murieron para que nosotros pudiéramos “echar el cuento”. Si no hubiésemos entrado, probablemente ahora estaríamos en los símbolos, pegados al suelo y bañados en sangre.
Esa tarde la pasamos Silueta y yo abrazados mientras contemplábamos el cielo oscurecerse y las nubes destellar con los reflejos de las detonaciones. Sabíamos que hoy habíamos perdido. Fue entonces cuando me dijo para huir hacia Cúcuta donde ella tenía familia. En la noche, colaboramos en sacar todo el armamento del “hoyo” como bautizamos el hallazgo. Montamos lo que pudimos en los pinz y Machitos que ahora teníamos. Lo que se quedó era residual y procedimos a volar el “hoyo”.
En la madrugada nos despertó una fuerte explosión en lo que parecía ser
El bombardeo cesó oficialmente a las 7 am del 31 de Diciembre. El estrés del ataque nos dejó aturdidos a todos, por lo que nos resultó imposible probar bocado a ninguno, salvo a Daniel y el teniente Rodriguez quienes parecen tener un estómago de hierro. El capitán nos reagrupó a todos para tomar acciones cuando un hombre de tez oscura, corpulento y alto se nos acercó: era el jefe del “clan” que ahí habitaba quién nos pedía ayuda ya que tenían días sin poder comer. Sin siquiera esperar a que terminasen las palabras, todos procedimos a darles de nuestras raciones. Fue entonces cuando una “horda” de niños de no más de 5 años avanzó hasta nosotros cual mangostas a devorar todo lo que encontraban a su paso. Supongo que fue el momento más enternecedor de toda esta aventura o desventura.
El capitán decidió que era mejor salir de este infierno, por lo que comenzamos a avanzar hacia Cumbres de Curumo, para tomar posteriormente hasta
Pasamos el 31 sin bombardeos, sin agites, sin miedos. De las tres unidades que nos encontramos ahí apostadas, apenas sumábamos 60 combatientes. Se sorprendieron mucho de vernos aparecer con tanta cantidad de municiones y el capitán Avendaño fue nombrado comandante del destacamento provisional. Mientras tanto, Silueta, Francisco y yo nos despegamos del grupo, buscando entre las quintas de
El 2 de Enero llegamos a Cúcuta luego de casi 48 horas de carretera continuos. Encontramos por la vía que el infierno era Caracas: los pueblos seguían su rutina con escasez pero sin apremios. Inclusive al pasar por Barinas nos percatamos que la única Ley seguía siendo la del pillaje y malandraje. Fue cuando llegamos a Cúcuta que se nos complicó la cosa ya que la guerrilla de las FARC estaban custodiando el puesto fronterizo. Alguien había pactado con el diablo.
Afortunadamente, la familia de Andrea ha sido sumamente amable en recibirnos. Nos dieron una casita en el pueblo y actualmente estamos buscando oficio. Las balas y la sangre las dejamos atrás, junto con las lágrimas de impotencia por un país que se lo llevó el diablo.

